La inmensa pena de un hijo ante la muerte de su madre, ocurrida en el Hospital de Almansa el pasado domingo a la edad de 87 años.... y, lo más triste, no poderle dar un entierro digno, queda perfectamente reflejado en los siguientes renglones escritos, con mucho dolor, por Rafa:
"Cielo tapado… cementerio gris… ánimo triste… el amable párroco, pertrechado, como todos nosotros, con mascarilla y guantes, diciendo unas palabras de consuelo al viento… agradezco su esfuerzo e interés, pero un día más, sigo sin entender del todo a su “Jefe”… un responso que pretendía ser consolador… y el cura, los dos hombres de la funeraria, mi querida prima, mi amada esposa y yo… parecíamos un dibujo de casi cualquier cuento de Dickens, sólo faltaba la lluvia y algún cuervo.
"Cielo tapado… cementerio gris… ánimo triste… el amable párroco, pertrechado, como todos nosotros, con mascarilla y guantes, diciendo unas palabras de consuelo al viento… agradezco su esfuerzo e interés, pero un día más, sigo sin entender del todo a su “Jefe”… un responso que pretendía ser consolador… y el cura, los dos hombres de la funeraria, mi querida prima, mi amada esposa y yo… parecíamos un dibujo de casi cualquier cuento de Dickens, sólo faltaba la lluvia y algún cuervo.
Luego, dos enterradores han hecho su trabajo, han metido a mi madre en un nicho nuevo, lo han tapado y cada mochuelo a su olivo… triste… espantosamente triste por lo cruel y abstracto de las circunstancias que nos ha tocado vivir.
Luego, en casa cien llamadas, casi todas sinceras y algunas hasta más abstractas que el propio entierro “…que si la han puesto en una fila de nichos que esté bien…”, “…que si será cómodo llevarle y dejarle flores…”, “…que si desde ahí tendrá buenas vistas…” en fin… cosas del pueblo.
Y lo más doloroso, es que algunas de las personas que me han llamado lamentándose de no poder ir al tanatorio, porque el COVID-19 los ha cerrado, y tampoco a la misa o al entierro, no fueron nunca o muy poquitas veces a la residencia a verla, a hacerle compañía, a charlar cuando estaba viva… hasta en la muerte hay hipocresía y un falso sentimiento de apoyo moral.
Pero quiero dar las gracias a mi mujer Ana y a mis tres hijos Fran, Álex y Víctor, especialmente a mi mujer que es mi hogar, mi amiga, mi princesa y mi gran apoyo en estos momentos. Darles un beso a mis hermanas que no las han “dejado venir” y a los amigos y familiares que se, que todo lo que me han escrito o dicho, ha sido “empastado” desde el fondo de sus corazones.
A mi madre… que su mirada, su carácter, su voz y sus manos… han desaparecido consumidos por el virus.
Gracias a todos, un beso y cuidaros mucho.
DESCANSE EN PAZ NURIA